viernes, 19 de mayo de 2017

En homenaje a la antropóloga nativa y militante saharaui Bad Mint Ahmed Uld Ali Salem Uld Elmaki

Nana MH Awah, Juan Ignacio Robles, Bad Ahmed Ali Salem, Juan Carlos Gimeno y Bahia MH Awah 2012
Por Bahia MH Awah
A principios de febrero de 1976, poco antes de la proclamación de la República Saharaui el 27 de febrero, durante el éxodo por la invasión marroquí al territorio, llegué a la localidad saharaui de Um Draiga huyendo de mi pueblo Auserd, que había sido tomado por el ejército de Mauritania en la época del presidente Moukhtar Oul Dadah. Tenía quince años y ya me había separado de la familia en noviembre de 1975. La guerra de ocupación en el Sahara acababa de entrar en sus primeras semanas con las incursiones del ejército marroquí por el norte y Mauritania por el sur. Circunstancias que me unieron casualmente en los primeros flujos del éxodo a la familia de Ahel Slama Uld Nafi, con los que comparto lazos familiares y por su estrecha amistad con mis padres.
En nuestro camino hacia las fronteras de Argelia acampamos en las cercanías de los montes de Um Draiga, a pocos kilómetros al sur del monte Ziza y Aglab El Camun. Mientras allí esperábamos aprovisionamiento de gasoil para el coche Land Rover que tenía la familia y continuar nuestro camino, mi amigo Labat y yo decidimos ir al campamento de Um Draiga, donde Jlil el hermano mayor de Labat ayudaba como sanitario en el dispensario. En ese mujayam[1] alguien que me identificó me comentó que estaba la familia de Ahel Madi. Preguntamos por ellos y algún responsable nos indicó dos jaimas que estaban arrimadas a la falda del monte. Intentaban camuflarse en un cauce de rio seco por miedo a la aviación marroquí, que ya había realizado el 18 de febrero su primer bombardeo a aquellos asentamientos intermedios en el camino hacia el éxodo de Argelia. Aquel día del bombardeo Jlil, Labat y yo nos encontrábamos en uno de los pozos de Um Draiga aprovisionándonos de agua para la familia.
Labat y yo nos presentamos por la tarde ante las dos jaimas, una tradicional, negra, muy amplia, que albergaba a la familia. Allí se encontraba una mujer de profunda mirada y extraordinaria belleza de ébano, que se levantó para recibirnos y darnos la bienvenida, sin identificar a ninguno de nosotros. El marido de Bad, el desaparecido Madi Uld El Bujari, era hermano de mi abuela materna; todos ellos están hoy ya fallecidos en el exilio de Argelia. Nunca había estado con ellos ni ellos me conocían en persona. Y mi presencia ante Bad en aquellas circunstancias era confusa, yo era un niño en medio de una guerra y separado de mi familia a los que había dejado muy lejos.
Mientras nos saludábamos, le dije que era el hijo de Ahel Awah, y en seguida me reconoció y se dirigió a su marido para situarle sobre quién era yo. Al terminar su amable saludo y atención, Bad nos invitó a entrar y a acomodarnos en el regazo de la confortable jaima, donde varios de sus hijos entraban y salían trayendo dos braseros de carbón para el té y al mismo tiempo en el exterior alimentaban una hoguera que ardía a la entrada de la jaima. El marido de Bad era un hombre de una constitución física corpulenta,  frisaba los sesenta años, ella parecía mucho más joven que él. Mientras se interesaba en el porqué de nuestra presencia, preguntando por mi familia y cómo yo había llegado hasta allí en solitario, su marido Madi salía y entraba, ordenando a los hijos algunas tareas. Si no recuerdo mal, creo que enfrente de la jaima había un pequeño ganado de cabras y ovejas acurrucado.
Bad, tras escuchar mi periplo desde que mi madre me indicó que huyera del campamento hasta llegar allí, me propuso quedarme con ellos para cuidar de mí en aquellas dramáticas circunstancias. Lo agradecí pero le expliqué que estaba bien con la familia que me había acogido en el camino, Ahel Slama. Aquella noche Labat y yo pernoctamos con ellos y al día siguiente partimos a pie de regreso a la familia que habíamos dejado en las cercanías de Ziza, a unos treinta kilómetros aproximadamente de allí. Días después, el 20 y el 23 de febrero, el campamento de Ahel Madi en Um Draiga donde habíamos estado fue bombardeado por aviones marroquíes de nuevo. Entonces fue cuando el Polisario comenzó a organizar la evacuación de las primeras oleadas de civiles en convoyes hacia las fronteras de Argelia. Un contacto de la organización avisó a la familia Slama para unirse al día siguiente a aquellos convoyes que dirigía Dadi Uld Mohamed El Hosein, alias Pegaso, un conocido dirigente del Frente Polisario, caído en combate años después. Al siguiente día nos unimos a las caravanas de camiones que ya estaban en marcha, camino al exilio. Ya casi de noche, en una parada en el camino para pernoctar en la localidad de Guelta Zemur, de nuevo me encontré con Bad y toda su familia encaramados en un camión Berliet GBC repleto de familias, que llevaba en las puertas el rótulo “Media Luna Roja Saharaui”. De nuevo se interesó por mi situación, preguntándome por mi salud y si me encontraba bien en medio de aquel caos. Nuestro convoy partió al día siguiente y no volvimos a saber uno del otro hasta pasadas varias semanas, cuando nos encontramos en un campamento en Rabuni llamado Naser, Campamento de la Victoria, en los primeros asentamientos de refugiados. Yo ya estaba internado en la dajililla[2] de Rabuni con chavales que habían llegado al exilio sin su familia y otros que sí estaban con las suyas. Los viernes no dábamos clase y los aprovechaba para visitar a la familia de Bad en dawair[3] de Rabuni, así empecé a relacionarme más con todos ellos.
En aquellos primeros años la organización de los asentamientos era la ardua tarea que le había correspondido desempeñar a las mujeres, porque todos los hombres estaban en los frentes de combate. Entre aquellas militantes atareadas recuerdo que estaba aquella inagotable y entregada Bad y otras mujeres como Ljadra Mint Mabruk, Toufa Mint Saleh, Hafsa Mint Hud y muchas otras más en aquel histórico campamento que llamaban Mujayam Naser. Bad desbordaba activismo en el consejo político del campamento, en las primeras estructuras de la organización de los asentamientos, en la atención y recibimiento de los refugiados que llegaban exhaustos y  confusos en su nueva situación, en la distribución de las ayudas descargando camiones,  en los congresos populares que entonces se celebraban y las actividades de la organización de las mujeres. Poco tiempo estuve en aquellos internados de Rabuni, y dejé de ir al campamento Naser porque la organización del Frente Polisario me envió con otros estudiantes a internados en la gélida ciudad argelina de Mecheria, donde cursábamos la secundaria y el bachillerato. 
El pasado 15 de mayo el pueblo saharaui perdió a esa insignia que fue Bad Mint Ahmed Uld Ali Salem, uno de los testigos más importantes del patrimonio cultural saharaui. Nos dejó, tras pasar cuarenta y un años de exilio en Argelia, a raíz de la invasión marroquí al territorio en 1976.
Ilustrada, de reconocimiento social, nacida en 1936 en la ciudad costera saharaui de Bojador en el seno de la familia Ahel Yara, conocida por su excelencia en la oralidad y dominio de la cultural y literatura hasaní en general. Fue una de las mujeres referentes en estos últimos cuarenta años del proceso de evolución y consolidación de la cultura material e inmaterial saharaui. Era una antropóloga, socióloga e historiadora, de esas que la antropología llama antropólogas “nativas”. No tuvo estudios más que lo que aprendió de niña en el seno de su familia nómada, de excelentes poetas y oradores. Luchó activamente por el patrimonio cultural saharaui hasta que el largo exilio y sus consecuencias le vencieron a los ochenta y un años de edad.
El pensador revolucionario argelino-martiniqués, Frantz Fanon, decía que “Luchar por la cultura nacional es, en primer lugar, luchar por la liberación de la nación, matriz material a partir de la cual resulta posible la cultura”. Bad, con el bagaje cultural que trajo consigo al destierro, compaginó su activismo en el exilio con el frente cultural diplomático exterior saharaui. Y lo hizo en sus primeras charlas y exposiciones con objetos de la antropología saharaui, que inauguraron las actividades del comienzo de relaciones diplomáticas con Madagascar, tras su reconocimiento a la República Saharaui en 1976. Se afilió en las primeras células del Frente Polisario en Um Draiga de la mano de militante Ergueibi Uld Sahel, quien entonces formaba parte de las Tropas Nómadas del Ejército de la metrópoli. Trabajó como concejala de protección social y en asuntos políticos de la daira de Naser, más tarde Bucraa. En los años ochenta recaló en Europa con un museo itinerante de objetos de antropología saharaui, que fueron exhibidos por el Museo de Antropología, en el barrio de Atocha en Madrid, Con la misma muestra viajó a Roma, con ocasión de su hermanamiento con la wilaya de El Aaiun. Sostuvo el cargo de Secretaria General de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis en la daira de Bucraa, fue miembro del Buró Regional de la Unión Nacional de Mujeres Saharaui en la wilaya de El Aaiun. En 1996 formó parte de la ejecutiva que presidió los trabajos de III Congreso de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis. Fue galardonada por la UJSario por organizar y coordinar la campaña de alfabetización llevada por los estudiantes en los campamentos.
En 2013, junto a los profesores de antropología de la Universidad Autónoma de Madrid Juan Carlos Gimeno y Juan Ignacio Robles, siguiendo el rastro que dejó aquella muestra de antropología que llevó Bad a Madrid, la visitamos en su jaima en la daira de Bucraa, con el propósito de saber más sobre aquel viaje a Europa y su muestra itinerante. El antropólogo Juan Carlos Gimeno pensaba que se podía retomar para una exposición que se preparaba en Dallas, a fin de dar a conocer el problema del Sahara Occidental en Estados Unidos. A pesar de la lucidez de Bad, recuerdo que cuando le abrimos el catálogo que recogía los géneros de toda aquella muestra para situarnos en cómo se organizó su recolecta, nos dijo: “Os advierto, que mi memoria últimamente me está fallando con los detalles”. Tomamos un distendido té con ella en compañía de dos de sus hijos, Abadalahi y Maglaha. También nos acompañaba mi hermana mayor Nana, directora de protocolo en la daira de Hagunia, quien días antes nos coordinó el encuentro. En aquella charla nos quedamos maravillados por la forma en que Bad nos relató la importancia de ese trabajo que organizó recopilando con mucho esfuerzo los objetos. Nos habló de manera muy extendida sobre el legado cultural saharaui y su importancia en acompañar, retroalimentar y consolidar el proceso de liberación saharaui sobre el que Bad decía “(…) Sin ese patrimonio cultural el pueblo saharaui no puede existir, porque éste le da identidad y explica su pasado. Hay muchos pueblos que no nos conocían, pero cuando vieron exposiciones de nuestra cultura, enseguida se dieron cuenta y empezaron a identificarnos y simpatizar con nuestra causa”.  “(…) Gracias a nuestra cultura hoy en día se habla del pueblo saharaui en todo el mundo”. “(…) Enorme es mi agradecimiento a estos investigadores que vienen de lejos, volcados en la historia saharaui y por su interés en mi persona y trabajo”. “(…) El pueblo saharaui tiene una larga y rica historia por la que nunca podrá ser ignorado en el mundo, y a nosotros los saharauis no nos pueden diluir ni exterminar, porque nuestra identidad e historia son claras, brillantes y más contundentes cuando se exhiben en cualquier parte del mundo”. “(…) Nuestros grupos musicales han ido a remotos lugares para dar a conocer nuestra historia, exhibiendo nuestra vestimenta, nuestra música, nuestra danza, sin que nos confundan o identifiquen como marroquíes”. “(…) Nosotros y los marroquíes somos dos pueblos culturalmente opuestos”. “(…) Un marroquí vistiendo una darraa[4] saharaui es como una cría de camella recién nacida que todavía no sabe caminar, tambaleándose malamente de un lado a otro; sin embargo un saharaui con su darraá es todo elegancia”.
El antropólogo, en su amplia y compleja función que tiende siempre a buscar más allá de lo que comúnmente sabemos de nuestra cultura y sus grupos humanos, es aquel que con su aporte de sabiduría conoce nuestra procedencia cultural, su proyección, y qué es lo que debemos aportar para coexistir pacíficamente y para promover un mejor futuro, rico en valores morales y espirituales. Así lo hizo esta mujer antropóloga nativa saharaui, Bad Mint Ahmed Uld Ali Salem Uld Elmeki, con cuya marcha hemos perdido una enciclopedia humana oral, de enorme conocimiento, que no hemos podido registrar todo lo que hubiéramos querido por las injustas circunstancias del exilio.  
Éxodo de la población civil saharaui hacia Argelia en 1976, convoyes de Um Draiga
Mintines de organización de los primeros asentamientos de refugiados saharauis en 1976
   



[1] Campamento
[2] Primer internado de niños excavado bajo tierra en Rabuni. Se provisionó por miedo a los posibles bombardeos de la aviación marroquí en el extremo caso de irrumpieran en el interior de las fronteras de Argelia.
[3] Plural de daira, pequeños asentamientos de familias que fueron acogidas alrededor de Rabuni.
[4] Vestimenta tradicional del hombre saharaui y mauritano.

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